Otra mirada sobre Una poética Perséfone

Esta vez propongo una mirada implícita de mi propia obra: cómo una Poética Perséfone dialoga con un marco crítico que defiende escribir desde el cuerpo, desde la subjetividad y desde la resistencia a cánones que han pretendido domesticar la voz femenina. No voy a hacer alusión explícita a esa enseñanza fundacional; en su lugar, quiero mostrar cómo su influencia se hace visible en la forma y en el contenido de mi libro, y qué significa, para mi escritura, asumir ese modo de hacerse estar en la página: existir, decir, sostener.

En Poética Perséfone el duelo no es un paréntesis, sino la fuerza que activa la escritura. La pérdida de mi padre, ese vacío que parece abrir una grieta en el mapa de la vida, se transforma en un ritual de recuperación: la pluma como ancla, la memoria como lugar de conversación continua y la voz como donde se decide, una y otra vez, habitar la palabra sin pedir permiso. En ese proceso, la figura de Perséfone funciona como una brújula interior: no como un mito que gobierna desde fuera, sino como una presencia que se instala en el cuerpo y en la mente para recordar que el renacer no es una negación de la ausencia, sino una rearticulación de la vida. La estación cambia, sí, pero también lo hace la manera de nombrar lo vivido: no se trata de ocultar la herida bajo una máscara de serenidad, sino de permitir que la herida, en su intensidad, convoque una forma de saber que es propia del cuerpo y del deseo.

Mi análisis de la escritura desde el cuerpo, en estas páginas, opera como una declaración de principios sin necesidad de demostrarte formalmente su origen teórico. Se percibe, más bien, como un hilo que recorre el libro: una ética de la textualidad que insiste en que decir es hacer, y que hacer, cuando se hace desde lo corporal y lo afectivo, altera la lógica de la lectura tradicional. En mi lectura, la escritura femenina no debe cumplir un checklist de “seriedad” ni ajustarse a una gramática que ha sido, histórica y socialmente, una costumbre masculina para legitimar lo que se considera válido. Al contrario, hay una versión subversiva de la alegría que desarma la rigidez y que aparece como una fuerza que permite nombrar sin retraerse, que revela la pluralidad de formas en que el deseo y la vulnerabilidad pueden coexistir con la inteligencia y la claridad. Es un impulso para escribir sin pedir permiso, sin justificar cada elección, sin convertir la experiencia en una prueba de universales que no han sido hechos para abrazar la variabilidad de las historias femeninas.

La crítica interna es, en este marco, uno de los obstáculos más persistentes. Muchas veces la voz que nos invita a moderar la intensidad, a colocar límites, a evitar lo que podría parecer excesivo, es la voz más cercana: la que aprendimos a escuchar como “nuestra” voz, la que se traduce en dudas sobre si el tono es suficiente o si la forma es adecuada para la academia, la crítica o el gusto público incluso de otras mujeres. Reconocer esa voz interna no significa validarla; significa desactivarla con la práctica constante de escribir desde la autenticidad. En ese desactivamiento, la escritura se vuelve una herramienta para deshacer fronteras:¡mi herramienta! ¡mi frontera!; entre cuerpo y palabra, entre emoción y pensamiento, entre lo íntimo y lo público. Al permitirme cruzar esas fronteras, la obra reclama un lugar legítimo para lo que, históricamente, ha quedado fuera o ha sido reducido a la categoría de lo “personal” como si ello restara valor o rigor.

La dimensión política de la escritura aparece en la insistencia de que el acto de crear, cuando se origina en la experiencia de ser mujer, se resiste a ser un adorno o una excepción. Escribir por el simple hecho de existir es un acto político en la medida en que cuestiona la idea de que la literatura femenina debe cumplir funciones menores o terapéuticas, que la emoción o la vulnerabilidad deban estar al servicio de una didáctica más amplia. La poética que emerge no pretende universalizar una verdad única; pretende abrir un espacio de lectura en el que distintas voces puedan encontrar voz sin que la legitimidad de una sea medida por la conformidad a un canon ya establecido. Este marco invita a quienes leen a introducirse en una conversación que admite diversas temporalidades, ritmos y cuerpos como modos válidos de conocimiento y de belleza.

La imaginería de las estaciones y del renacer funciona como un registro que demuestra la potencia de una escritura que se mueve entre dolor y deseo sin perder movilidad ni claridad. Las estaciones no son meras metáforas; son procedimientos para hacer visible la resiliencia que habita en el cuerpo de quien escribe. En ese sentido, Perséfone no es una víctima ni una simple recurrente del ciclo natural: es una protagonista que, al regresar, restructura su propio modo de estar en el mundo, y, al hacerlo, da prioridad a una forma de sabiduría que nace de la experiencia y que no teme cruzar límites de lo que se considera literariamente aceptable. La escritura, aquí, no se reduce a una técnica; se convierte en una forma de vivir que aprende a moverse entre dolor y deseo con la misma elegancia con que la diosa retorna a la tierra y al cielo cada año.

Mi análisis propone, además, una lectura de la escritura como práctica de cuidado. Cuidado del lenguaje porque el lenguaje no es neutral; cuidado del cuerpo porque el cuerpo es fuente de verdad y de posibilidad; cuidado de la memoria porque la memoria puede ser transfiguración y resistencia. Al construir una poética que valora la permeabilidad, la ambigüedad y la apertura a lo inesperado, se desplaza la pretensión de una verdad única y se abraza la diversidad de experiencias que la escritura puede contener. No se busca imponer una norma, sino ampliar los alcances de lo que puede considerarse literario: una escritura que escucha, que escucha su propio miedo y su propia curiosidad, y que, aun así, decide avanzar.

Lentamente, la obra sugiere una ética de lectura que invita a aprender de cada estallido emocional sin convertirlo en espectáculo ni en diagnóstico. Escribir desde la experiencia no es, en esta lectura, un acto de exhibicionismo; es un acto de responsabilidad para con quienes se sienten desplazadas por sistemas que quieren medir la valía de una voz con índices que no contemplan la realidad corporal y afectiva de tantas escritoras. En ese marco, el lector comprende, sin necesidad de citar, que la escritura puede abrirse a la multiplicidad y que la creatividad femenina no es una anomalía, sino una forma de sostener la vida y de ampliar el corazón de la literatura.

Para cerrar, invito a quien lea estas líneas a preguntarse por su propia relación con la escritura: ¿Qué clase de voz quiere emerger de vos ahora, sin pedir permiso? ¿Cómo puede tu propio cuerpo, tu memoria y tu deseo entrar en la página como fuerzas constitutivas, y no como adorno? Una Poética Perséfone propone, sin doctrinas, una respuesta: escribir por el simple hecho de existir es, en su potencia más radical, un acto de cuidado y de rebelión cotidiana. Y esa es, en última instancia, la continuidad de la vida: la capacidad de renacer trayendo consigo una verdad incompleta y múltiple, que se completa cada vez que una voz, contenida y audaz a la vez, decide habitar la palabra con la plenitud de su cuerpo.

9 respuestas

  1. Todos sentimos e interpretamos de acuerdo a lo que hemos vivido y a cómo somos.Yo disfruté mucho la lectura del libro porque lo sentí como una invitación a contemplar la naturaleza,a darnos cuenta de lo que somos capaces,a vivir el presente con alegría,a «descongelar los recuerdos y abrir las compuertas» pero no para quedarnos en ellos sino para avanzar.La autora «desnudó» su alma en este libro.Vale la pena leerlo!!!Maria

  2. Todos sentimos e interpretamos de acuerdo a lo que hemos vivido y a cómo somos.Yo disfruté mucho la lectura del libro porque lo sentí como una invitación a contemplar la naturaleza,a darnos cuenta de lo que somos capaces,a vivir el presente con alegría,a «descongelar los recuerdos y abrir las compuertas» pero no para quedarnos en ellos sino para avanzar.La autora «desnudó» su alma en este libro.Vale la pena leerlo!!!Maria

  3. Me encantó que puedas escribir sin permiso, como soles decir. Conozco el duelo desde el otro lugar y comparto la imaginaria de las estaciones y del renacer. Hermoso!

  4. Es muy interesante y lindo como lograste desde el dolor del duelo crear una obra tan hermosa y con tanto valor… muchas veces lo que nos duele nos hace lograr maravillas como estas y también darnos cuenta como nuestra vida se conecta con la naturaleza.

  5. Ha sido un placer ilustrar esta obra tan rica y profunda. Cada poema, con su énfasis en la experiencia, la memoria y la escritura como acto de vida, me invitó a imaginar imágenes que dialogaran con esos mundos y emociones. Como ilustradora, traté de reflejar la permeabilidad, la apertura a lo inesperado y la multiplicidad que atraviesa la poética de Sandra, ofreciendo otra mirada que complemente sus palabras. ¡Felicitaciones, Sandra!

    1. Muchas gracias Ananda! Fue un honor y un placer trabajar juntas en este hermoso proyecto. Proyecto en el que me acompañaste en todo el proceso, haciendo parte también a tu mamá! Infinitas gracias

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