territorio de agitación y renacimiento que escribe
Nací en 1975, en Buenos Aires. En 1989 me trasladé al centro de la provincia de Neuquén, a Zapala, un lugar que ha ido formando mi oficio desde una intimidad de barrio y cordillera: una ciudad-llamante que late entre lo cotidiano y lo extraordinario. Mi escritura nace, renace y se desafía desde ese lugar, desde esa geografía que no distingue entre lo árido y lo vívido, entre lo doméstico y lo prohibido. Es aquí, en la frontera entre la memoria y la insurgencia, donde mi voz ha ido aprendiendo a construir un lenguaje propio: áspero, capaz de sostener la agitación poética sin perder la ternura necesaria para mirar el mundo con ojos que ya no aceptan relatos simplificados. En esta época donde cualquiera puede decir cualquier cosa, sostengo un compromiso: la escritura como acto político, como territorio de rebeldía.
La poética que sostengo no es un collar de consignas, sino una brújula para navegar entre siglos de convenciones, silencios y voces privatizadas. Al hablar de una lectura más amplia de género, no busco imponer una etiqueta ni una moda: persigo una reocupación de la historia, de las literaturas que fueron oprimidas por un marco único de legitimidad. En el siglo XXI, la renovación de las literaturas nace desde la mirada de quienes han sido históricamente relegadas a lo secundario: la mujer que escribe, la mujer que piensa, la mujer que denuncia, la mujer que imagina otros cuerpos posibles para el deseo y para la ética. Y digo “mujer” no como una etiqueta universalizante, sino como una pluralidad de experiencias que se cruzan, se contradicen y se enriquecen en el mismo gesto de escribir.
Mi poesía es cuerpo, lucha y territorio. El cuerpo no es un objeto que se exhibe, sino una cartografía de resistencias: marcas del tiempo, cicatrices de las heridas, la piel como frontera entre lo sagrado y lo profano. En mis versos habita una tensión entre lo religioso y lo profano que no busca resolver, sino ampliar la pregunta: ¿qué significa creer cuando la fe ha sido utilizada para marginar? ¿Qué significa desear cuando el deseo ha sido prohibido, recreado, censurado? Esta tensión da a la poesía una energía que se mueve entre la melancolía y el renacer, entre el luto y la fiesta, entre la condena y la celebración. La poesía, entonces, se convierte en un cuerpo activo, capaz de caminar, de pronunciarse, de ocupar el espacio público y de reclamar lo que la tradición ha negado: el derecho a nombrar, a transgredir, a soñar sin pedir permiso.
La narrativa que acompaña a mi voz es desafiante y revela una intimidad que se atreve a llamar alter ego aquello que la sociedad arroja al rincón: la doble vida de la mujer que piensa de forma distinta, que se resiste a la lectura familiar, que coquetea con la posibilidad de una propia voz que no necesita aprobación. En mis relatos, la voz íntima del alter ego no es un supuesto sentimental; es una estrategia de revelación que desarma la apariencia de normalidad. Cada historia que cuente será un cuestionamiento a las expectativas: ¿qué pasa cuando una mujer decide no encajar en el papel asignado, cuando decide que su deseo, su miedo y su imaginación no deben ser contenidos por una moral que ya no es suficiente? La narrativa se convierte así en un campo de experimentación donde las reglas se reescriben desde la experiencia vivida y desde la imaginación que desafía lo institucional.

La reivindicación de género que propongo no es una operación anti-hombre, sino una afirmación de la igualdad de derechos y de posibilidades. Pero es innegable que, para llegar a esa igualdad, la literatura debe desarmar estructuras que históricamente han puesto a la mujer en una posición de menor voz, de menor crédito, de menor presencia. En la obra reciente se ve con claridad ese giro: la sensibilidad femenina se desplaza del margen hacia el centro, no para borrar a otros, sino para hacer visibles las complejidades que la mirada masculina ha negado o simplificado. Es una literatura que se atreve a nombrar la sexualidad sin vergüenza, que entiende la sensualidad no como un simple tema, sino como una fuerza constitutiva de la experiencia humana. En esas páginas la rebeldía no es efervescencia superficial, es un modo de sobrevivencia: la rebeldía como estrategia para no dejar que el mundo te dicte cómo debes sentir, creer, amar, escribir.

La experiencia de escribir desde una ciudad que a veces parece ajena a los grandes circuitos culturales aporta una mirada que no es la de la capital disciplinada, ni la de la metrópoli que presume de universal. Es una mirada que entiende que una literatura legítima no está dada por el alcance de la publicación, sino por el alcance de la verdad que se dice, por la capacidad de tocar fibras que otros prefieren dejar sin tocar. En ese contexto, mi obra se ha definido como una avanzada de la agitación poética: una voz que no teme interpelar, que no teme el riesgo del fracaso, que entiende que la belleza puede convivir con la crítica, que la distinción entre lo decoroso y lo prohibido puede ser acceso a una experiencia más auténtica. La agitación poética es, en mi caso, una condición ética: escribir para pensar, escribir para denunciar, escribir para sostener a otros cuerpos que también están en disputa.

La relación entre lo sagrado y lo profano no es una dicotomía estéril, sino un campo de experimentación donde mi poesía explora lo que ocurre cuando los ritos se mezclan con lo cotidiano, cuando lo litúrgico se deshilacha para exponer la fragilidad humana y, a la vez, la fuerza de la imaginación. En mis paisajes emocionales, la sensualidad no es un simple clímax, sino una forma de conocimiento: una manera de entender el deseo como motor de la vida, como brújula para no perder el rumbo frente a los conceptos/juicios que la sociedad quiere imponernos. Este enfoque permite que la rebeldía tenga un componente afectivo: una voluntad de sostener la ternura incluso cuando la realidad se torna áspera.
La letra, cuando se ejerce con responsabilidad, se convierte en territorio compartido. Yo hablo desde una experiencia que no pretende universalidad, pero sí propone una escucha: que otras voces femeninas, otras geografías, otras historias puedan resonar, cruzarse y enriquecer la conversación. Inventar una tradición literaria que reconozca la diversidad de género no es ruptura gratuita, y tampoco un gesto aislado: es la legítima ampliación de un acervo que hasta ahora ha sido excluyente. En ese sentido, la obra reciente apunta a un giro que no borra a nadie, sino que da lugar a lo que hasta ahora había quedado silenciado o incompleto. La nueva escritura que celebro no renuncia a la memoria de quienes han trabajado en silencio; la reconoce, la lee, la reescribe, la transforma y, a veces, la rectifica para hacer sitio a lo que aún no tiene nombre.
Este artículo es una invitación a leer con ojos críticos y afectuosos, a entender que la poética que propongo no es una moda pasajera, sino una forma de vivir la literatura como un acto de resistencia y liberación. Si la historia es una pradera que ha sido atravesada por múltiples pasos, la nuestra debe ser la huella de quienes, desde la intimidad de la experiencia, abren senderos para que otras y otros transiten sin miedo. La palabra, cuando se usa con cuidado y valentía, puede desentrañar estructuras de poder, puede crear comunidades de lectura que sostienen la esperanza, puede convertir la página en un territorio donde el deseo de justicia, de reconocimiento y de libertad no solo se nombra, sino que se practica.
Yo, una mujer nacida en 1975, desde el centro de Zapala, asumo la responsabilidad de ese oficio con la convicción de que la literatura no es un espejo pasivo de la realidad, sino una herramienta para su transformación. Si la era permite que cualquiera diga cualquier cosa, también ofrece la posibilidad de que, breve, contundente y comprometida, la palabra de quien ha sido históricamente silenciada diga lo contrario: que hay otra manera de ver, sentir y decir. Una literatura que, en su audacia, no promete perfección ni universalidad, pero sí autenticidad, verdad y una promesa: la de seguir luchando, desde la belleza y desde la protesta, por un mundo en que la voz de la mujer no sea una excepción, sino la norma que abre el camino.

Querida Sandra:cuando leo tus libros y digo:-» Cuánto más tendrá está chica adentro» no me equivoco porque te brotan las palabras en ideas claras,precisas y exquisitamente expuestas que superan mi capacidad de asombró.Hace tantos años que te conozco Pero nunca imaginé no solamente que tuvieras TANTO para decir y cómo!!! Eres una ESCRITORA que merece ser leída ,reconocida y aplaudida por empezar por los zapalinos y a partir de ahí a todos los lugares donde haya personas amantes de la buena lectura.Ojalá tu interesante programa «Los Quijotes de nuestras Manchas» logre que la gente que escucha radio ( que es mucha) difunda lo que estás haciendo (que el público conozca escritores locales y sus valiosas obras) pero sobre todo que valoren tu generosidad hacia los colegas y que premien tu TALENTO!!!😘👍🏻👏👏👏👏