Otra mirada sobre Elle

“Elle” interpela el género desde una perspectiva poética. ¿Qué lugar ocupa lo no-binario o lo fluido en tu obra?

Con esta pregunta comenzó una entrevista radial el año pasado. Mi novela no propone una etiqueta de género fija para su protagonista, sino una experiencia de devenir. Juan Segundo encarna la tensión entre dos alfabetos: el de la disciplina masculina y el de la sensibilidad artesanal. Ese cruce no binario no se propone como teoría; se manifiesta como práctica de identidad: el cuerpo y la vida se negocian entre lo que se espera de él y lo que él decide hacer con sus dedos, sus ideas y su deseo. Lo “fluido” aparece entonces como una poética de la identidad en movimiento, no capsulada en una categoría.

La obra explora lo que ocurre cuando los límites entre lo masculino y lo femenino se vuelven permeables: el taller de costura, la mirada hacia la moda, la forma en que el derecho se entrelaza con el diseño. No se trata de decir que alguien es no-binario por una etiqueta, sino de mostrar cómo, en la vida real, las identidades se forjan en cruces y transiciones. En esa oscilación, lo fluido funciona como una posibilidad ética y estética: ser varias cosas a la vez para poder ver el mundo con más tamaño.
“Ser no-binario no es negarse a una identidad, es permitir que la identidad se mueva.” Puedes enlazarlo con la figura de Emma Dalset y la doble vida del protagonista para ilustrar el cruce de mundos.

El libro organiza lo simbólico mediante objetos y gestos: una aguja que tensiona, un boceto que establece un pacto, una firma que certifica una identidad. Lo onírico brota en las líneas que conectan dos ciudades (UBA y Madrid), en las visiones que cruzan la vigilia y el sueño, y lo ritual se inscribe en el aprendizaje como una iniciación: pasar de la obediencia a la posibilidad de ser de otro modo. Son rituales que permiten al personaje escribir su vida con otros signos.

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